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Dialéctica contra la razón

2024

Individual de Mikkaelis

Centro Cultural de la Municipalidad de Santa Anita

Lima, Perú.

Curaduría y diseño de exposición

Jerson Ramirez

Texto curatorial

“Si tuviera mi propio mundo, nada tendría sentido”.

Alicia en el país de las maravillas.

Lewis Carroll

 

Los antiguos griegos asociaban la locura a la sabiduría. Los oráculos –seres dementes– respondían a diversas inquietudes de peregrinos, y los orientaban en sus travesías. En nuestros tiempos, si a alguien se le ocurriera buscar el consejo de un orate, seguramente diríamos que esa persona ha perdido completamente la cabeza. Esta forma de pensar, sin embargo, puede debatirse si recordamos un clásico para niños escrito por el matemático Charles L. Dodgson, mejor conocido como Lewis Carroll. Probablemente una primera lectura de Alicia en el país de las maravillas nos deje con más preguntas que respuestas, pero, sin duda, la más grande lección que nos deja es la de permitirnos recurrir a la “sinrazón” cuando la “razón” ya no pueda proveernos respuestas.

 

Según el psicoanálisis, cada individuo se conforma de una parte consciente –racional– y una inconsciente –irracional–. La consciente nos guía en la realidad, la observa y analiza para sugerirnos qué acciones realizar. Con ella, desarrollamos habilidades y creamos herramientas en las que nos apoyamos para sobrevivir en diversos contextos. La inconsciente, en cambio, hace todo lo contrario. Es la parte que tratamos de mantener dormida, pues nos desnuda, nos muestra vulnerables, indefensos y sin protección alguna.

 

Se dice que nunca llegamos a conocer por completo a una persona, y esto se debe a que solo vemos lo que el consciente proyecta. Podemos pararnos frente a un espejo y preguntarnos lo mismo que la oruga a Alicia: “¿Quién eres?” Podemos describir lo que pensamos que vemos, o, si asumimos la inconsciente honestidad de una niña como Alicia, podemos responder “Me temo que no puedo explicarme a mi misma, señor, porque no soy yo misma, ¿sabe?”; o sencillamente “Bueno, no puedo hacerlo más claro, señor, ya que no es claro para mí”.

 

Al dormir apagamos nuestras mentes y permitimos al inconsciente tomar el control. Freud aseguraba que en los sueños visualizamos todas las ideas que reprimimos por miedo. Su discípulo Jung, por otro lado, plantea que en este estado nos conectamos en el inconsciente colectivo: una suerte de estructura compuesta por ideas que –sin importar el tiempo o el territorio– son comunes a todos los hombres y que se manifiestan por medio de un sistema simbólico.

 

Para Goya, “el sueño de la razón produce monstruos”. El sueño de la razón es el despertar de la sinrazón, de la locura. ¿Es la locura la pérdida de la razón? O, más bien, ¿otra forma de entender y enfrentarnos a la realidad? Einstein –en un contexto diferente al de Goya– pensaba que la locura era hacer lo mismo una y otra vez esperando resultados diferentes. Esto no necesariamente tendría que entenderse como un incentivo al sin sentido. Podría plantearse como una sugerencia a salir de lo convencional, una invitación a tomarnos una pausa y reconocer que los lentes que hemos usados por tanto tiempo ya agotan nuestra visión y nos impiden ver los pequeños grandes detalles.

 

En nuestros tiempos –cargados de conflictos–, dormir a la razón y despertar al inconsciente se ha convertido en uno de los más caros deseos; un privilegio al cual es posible acceder por medio del arte. Al ingresar en El sueño de la razón, nos adentramos en el inconsciente de Mikkaelis para descubrir un fantástico mundo plagado de símbolos. Sus obras, con claras reminiscencias a la pintura italiana del Quattocento, narran la historia de dos personajes: una melancólica y asustadiza joven de largos cabellos rizados y su compañero, un cariñoso y protector perro de esponjoso y suave pelo. En su viaje, se topan con seres muy particulares representados por medio de una estética infantil. Sus enigmáticas personalidades, características animales y llamativas vestimentas llenas de meticulosos detalles capturan de inmediato nuestra atención. Intentamos entender sus roles dentro de los diversos escenarios, leer los símbolos sobre ellos y descifrar la historia que encierra cada composición.

 

Ante esta situación, se presentan dos opciones para el espectador. La primera es buscar la clave para leer correctamente las obras. No obstante, esta tarea se torna difícil no solo por los múltiples tiempos que encierran, también se vuelve necesaria la mediación de la artista, pues estos sucesos se desarrollan en su mente. Así, ser capaces de leer las imágenes implicaría pensar y experimentar las mismas sensaciones que Mikkaelis. La segunda opción, quizás la más alcanzable, es la de tratar de conectar con las emociones de los personajes, entrar en sus pieles, usar sus trajes, reconocernos en ellos, y experimentar el entorno en el que nos sumergimos.

 

En nuestro contexto, el sueño de la razón puede guiarnos al autoconocimiento y a la empatía. Es posible que nosotros no lleguemos a conocer realmente a Mikkaelis a través de sus obras. Podemos conectar con ellas y hacer nuestras propias interpretaciones, pero solo hasta ahí. Podemos tener a la artista frente a nosotros, hablar con ella, compartir momentos, pero solo veremos lo que ella y su antifaz nos permitan ver. Sin embargo, sí es posible decir que el proceso creativo de Mikkaelis la ha ayudado a conocerse y entenderse mejor. El anotar sus sueños, darles forma y materializarlos por medio del óleo le permite analizar cada descabellado detalle para entender que en verdad no es tan descabellado.

 

Al adentrarnos en este espacio y enfrentarnos a este conjunto de obras no tratamos de resolver un misterio. ¿Por qué siquiera pensar que cada imagen tiene un significado oculto y que es nuestro deber descubrirlo? No hay tal cosa como una verdad absoluta. ¿Es necesaria una? En El sueño de la razón, nos olvidamos de una realidad y nos encontramos con varias: la de la artista, la del curador, la del gestor, la de quien está leyendo estas líneas. No tememos al misterio. Todo lo contrario, nos acercamos a él y nos dejamos seducir por sus susurros. Después de todo, ¿qué sería de la vida si no quedara nada a la imaginación?

 

Jerson Ramirez

Junio de 2024

Registro fotográfico

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